miércoles, 20 de febrero de 2013

Crónicas de Tegucigalpa: En los buses


El día parecía igual que cualquier otro, ya se sabe a qué me refiero. En las noticias se daba la noticia de otro escándalo destapado, siempre terminado en azo, como ya es costumbre, por ejemplo el chinazo, el gasolinazo, el tarjetazo, y esta vez al parecer le tocaba a los frijoles por lo que el título era el frijolazo. Escuchaba como por inercia las noticias y, la verdad, me entraban por un oído y me salían por otro. Era el mismo discurso de siempre: que la corrupción, que a dónde íbamos a llegar, que qué barbaridad y al final todo el asunto se olvidaría en dos o tres semanas cuando otro escándalo se destapara o jugara la selección nacional de fútbol. Por eso mi mente trataba de escaparse de esas ondas sonoras que mi cerebro convertiría en infaustas noticias.

Era una mañana de esas en que Tegucigalpa desafía la zona tropical en la que se encuentra y muestra un ambiente opaco y lúgubre. Este ambiente es mi predilecto. Siento hasta cierta alegría en esta soledad vacía que inunda mis días, estaba próximo a llegar a donde me tocaba bajarme, pero como siempre se armó el congestionamiento, nada raro, pero por desgracia un par de vagos se subieron al autobús, gritando esto es un asalto, el que se mueva o intente hacer algo lo matamos y acto seguido comenzaron a despojar a todas las personas de sus celulares y billeteras. Se acercan a mí y les doy mi celular y les digo que no tengo dinero (es mentira; sí tengo algo, pero la técnica funciona a veces). Me apuntan en la cabeza. Es curioso cómo se detiene el tiempo en estas situaciones, todo parece moverse en cámara lenta. Pienso que este es el fin. Veo en los ojos de ese tipo que es un animal, alguien con las manos manchadas de sangre. Está colérico. Escucho claramente los latidos de mi corazón que retumban en mis oídos como tambores de música tribal, he quedado mudo, me creo despedir de este mundo, cierro los ojos, escucho un disparo… Se arma un alboroto. La gente comienza a gritar, se escuchan más disparos, huele a pólvora. Abro los ojos; tengo sangre en la cara pero no es mía. Un cuerpo está desplomado cerca: es el asaltante; una bala le ha destrozado la cabeza. La gente está agachada sin atreverse a mirar. Hay otro maleante tirado en las gradas. Un señor obeso de ropa negra y sombrero blanco se salta entre los asientos y las personas, apresuradamente. Lleva un arma en su mano. No alcanzo a decirle gracias, es mi héroe anónimo. No veo bien su rostro y tratando de conservar la calma se pierde entre los otros buses y autos aglomerados. Solo instantes antes de que los curiosos comiencen a llegar al lugar, me levanto, estoy muy cerca del trabajo. Antes de bajarme hecho un vistazo a los maleantes. El que me apuntaba a la cabeza tiene un certero disparo en la sien, parte de la piel ha desaparecido y lo que llamamos carne viva se muestra a la vista. La expresión de su rostro es de dolor. Su compañero que estorba la salida (ni muertos dejan de molestar) tiene una mueca más macabra, claro, recibió más disparos, quedó con los ojos abiertos. Me pregunto si desde el infierno se puede ver la tierra.

Salgo del autobús metiendo las manos en mis bolsillos. He recuperado mi celular. Voy a llegar tarde a mi trabajo, me va a regañar mi jefe, por esta vez no me importa, total, la vida es corta para amargarse por detallitos. Paso entre la multitud que me mira asombrada. Alguno me pregunta si yo he visto algo o qué ha pasado, que si estoy bien. No les contesto, sigo mi camino, no hay tiempo que perder, hay que vivir.

Es solo un día más en Tegucigalpa.

Fernando Betanco

Este relato y otros los puedes leer también  Periódico Irreverentes en España

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